Entrevista a George Sabe, cofundador de los Maristas Azules en Alepo (Siria)

9/01/2026

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“La guerra es un monstruo que avanza, aplasta, silencia. Pero también tiene otro rostro, el de quienes se levantan sembrando esperanza”.

George Sabe, nació en Alepo, Siria. Se licenció en Psicología por la Universidad de Lovaina, en Bélgica. Ha sido docente y director de la escuela católica de Alepo durante 19 años.

Es responsable regional de los Maristas de Oriente Medio. Fue cofundador de los Maristas Azules, la organización humanitaria, que desde 2012, se dedica al acompañamiento de personas afectadas por la guerra en Siria. Participa activamente en iniciativas de paz, diálogo interreligioso y resiliencia comunitaria.

George, ¿cómo definiría la guerra y qué significó en el contexto de su país?

Alepo, Damasco y Jericó son las tres ciudades habitadas más antiguas del mundo. Siria es un país muy rico en tradición, en historia y en convivencia y, de repente, en 2011 cayó un misil en la puerta de casa, esto significa que, cuando la guerra llegó a Siria, llegó a las casas de la gente, destruyendo edificios, barrios… esa es la realidad de una guerra que no habíamos buscado, que no habíamos escogido. Pero, además, llegó a nuestras almas y a nuestros corazones. ¿Qué cambios se producen en la psicología de las personas? La guerra es vivir en el día a día, sin poder planificar, sin futuro, sin luz, sin agua, sin saber si regresarás a casa vivo. Todo eso es la guerra.

Cuando la guerra comienza decide permanecer en Siria, ¿por qué?

Había que quedarse en el país cuando la gente huía para poder estar cerca de las personas que estaban sufriendo. Esto fue resultado de una situación de discernimiento y del compromiso con la persona humana.

Nos gustaría conocer más en profundidad el trabajo de apoyo y acompañamiento que los Maristas Azules realizan en Siria.

En 2012, junto a Leyla Moussalli y Nabil Antaki, fundamos, en Alepo, la asociación Maristas Azules. Lo hicimos en medio de una guerra que, hasta entonces, parecía lejana, imposible, inimaginable. Y durante 14 años, paso a paso, hemos recorrido el camino, respondiendo a las necesidades de miles de personas. Además, destacar que no podíamos hacerlo solos, necesitábamos aliados, personas comprometidas, solidarias y humanas que se unieron a este camino a lo largo de todos estos años, como es el caso de Manos Unidas.

¿Cree que es posible hacer cambios en la historia de una guerra, abrir brechas de esperanza?

Durante la guerra te van lavando la mente para que pienses que el enemigo es un demonio que hay que arrancar de este mundo, sin embargo, ese enemigo, un año antes, era tu vecino, tu socio…una persona con la que convivías en paz. La guerra divide y levanta muros de odio. Empobrece. Te obliga a abandonar tu hogar, tu refugio, tu dignidad. Destruye lo que una vida ha construido. La guerra duele, pero tenemos que abrir brechas de esperanza, hay que ser portadores de esperanza.

¿Quién representaría el otro rostro de la guerra? ¿Cómo cree que puede sembrase esperanza en el corazón de la guerra?

La guerra es un monstruo que avanza, aplasta, silencia. Pero también tiene otro rostro, el de quienes se levantan sembrando esperanza. Porque la verdadera esperanza no es solo un sentimiento, es compromiso. Por ejemplo, luchar para que un niño o niña pueda estudiar, aunque no haya luz, luchar para atender a los heridos en una situación donde el acceso a los medicamentos y a los servicios sanitarios es complicadísimo… Es creer que se pueden cambiar cosas dentro del transcurrir de la guerra. Esto no es fácil, pero es posible y esas personas que lo hacen representan la solidaridad y el compromiso. No se resignan, al contrario, siempre piensan “se puede hacer algo”.

¿Cuál cree que puede ser el camino para ir preparando el futuro una vez que acabe la guerra? ¿Cómo se va preparando el desarrollo, y, por tanto, la paz?

Si hablamos de desarrollo, hablamos de un camino largo. Lo primero, hay que escuchar, la escucha es el principio. En segundo lugar, hay que establecer relaciones, hay que dar valor a las personas, llamarlas por su nombre, son personas con una historia sagrada que hay que valorar. Por supuesto, es fundamental romper los prejuicios, y eso, en plena guerra es un gran desafío. Y, lo más importante, devolver la dignidad a la persona humana. Esto nos permitirá preparar el camino hacia un futuro y un desarrollo en paz.

Su organización propone educar para la paz, para la inclusión, para el respeto ¿cuál es la forma en la que lo están haciendo?

Somos 160 personas al servicio de la paz. Educando en el respeto a las diferencias, educando para resolver los conflictos sin violencia. Hay que reconocer que el conflicto es algo inherente a nuestras vidas y unido a la convivencia humana y aprender a buscar soluciones a esos conflictos alejadas de la violencia. Acompañando en el camino, pero desarrollando la independencia y la dignidad de las personas. Trabajando para romper las estructuras de la exclusión y educando en la inclusión y desarrollando las capacidades de las personas a través de la escucha.

Usted afirma que el mundo necesita que “bailemos juntos el Baile de la Esperanza”. ¿Es la esperanza en que es posible la paz?

Hoy, más que nunca, el mundo necesita que bailemos juntos el Baile de la Esperanza, que está en la voz de quienes denuncian la injusticia, sin odio, pero con confianza y buscan una convivencia en paz e igualdad. Pero este baile no se baila solo, es colectivo, es comunitario, es solidario, porque la esperanza, cuando se baila en comunidad, se convierte en fuerza transformadora.

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