COP 30, un nuevo intento de frenar el cambio climático

27/11/2025

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“El tiempo para las promesas acabó. Cada fracción de grado de calentamiento global adicional representa poner vidas en peligro” Geraldo Alckmin- Vicepresidente de Brasil

Ha terminado la COP 30, celebrada en Belém, Brasil del 10 al 22 de noviembre.

La Conferencia de las Partes (COP) es el mayor evento global de las Naciones Unidas para tratar el cambio climático, sus implicaciones y necesarias decisiones para hacer frente a sus consecuencias. La reunión se celebra anualmente, con la presidencia rotando entre las cinco regiones reconocidas por las Naciones Unidas: África, las Américas, Asia y el Pacífico, Europa y Asia Central, y el Medio Oriente y África del Norte.

En esta ocasión, la cumbre ha reunido a casi 200 países para tratar de cumplir los acuerdos tomados en París, hace diez años; e intensificar la acción multilateral para limitar el cambio climático, a pesar de la ausencia de Estados Unidos, el principal emisor histórico de gases de efecto invernadero.

Esta vez, el punto de partida planteaba un doble reto: por un lado, lograr un acuerdo que recogiera el consenso científico y respondiera a él mediante medidas de adaptación y mitigación, y, por otro, evidenciar o poner de manifiesto abiertamente que, para resolver los desafíos históricos relacionados con la cuestión, todavía es necesario y útil el multilateralismo climático.  Este multilateralismo implica la cooperación coordinada entre países, mediante distintas organizaciones y acuerdos internacionales, para hacer frente al cambio climático. Además, supone que las decisiones y las responsabilidades destinadas a mitigar el calentamiento global, impidiendo un aumento global de las temperaturas superior a 1.50 o 20 a los niveles preindustriales, se comparten.

Las instituciones clave en estos procesos incluyen a las Naciones Unidas, la Conferencia de las Partes (COP) y el Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático (IPCC). Y también son claves en estos encuentros las asociaciones de la Sociedad Civil, los representantes de los pueblos indígenas y de grupos de especial vulnerabilidad como las mujeres. Su presión y sus propuestas son indispensable para el debate.

La urgencia de la Justicia Climática

La crisis climática que enfrentamos tiene consecuencias especialmente graves para los pueblos y las regiones más vulnerables, con menos recursos para luchar contra ella. Es precisamente la vulnerabilidad de estos países y comunidades lo que urge a adoptar medidas que puedan suponer una disminución de la emisión de gases de efecto invernadero (GEI), por un lado; y, por otro, que ayuden a las personas y las comunidades a adaptarse a los cambios producidos, como aumento del nivel del mar, deforestación, contaminación, aumento de los eventos climáticos extremos o la pérdida de biodiversidad.

Es por todo esto que se hace muy relevante el trabajo a favor de la justicia climática. Los países más ricos deben asumir una mayor responsabilidad, colaborando con los más empobrecidos para que puedan conseguir esa adaptación. También porque, ha habido un papel mayor en el origen de esta crisis. Se trataría de responder a una deuda ecológica hacia esas regiones más vulnerables, reconociendo que las responsabilidades son comunes pero diferenciadas.

 

Las dificultades para los acuerdos

Una de las cuestiones centrales de las conversaciones de la COP30 era si los países acordarían elaborar una “hoja de ruta” que estableciera cómo llevar a cabo la transición para abandonar los combustibles fósiles, ya que, la quema de carbón, petróleo y gas natural es la principal fuente de emisiones que están calentando el planeta.

A pesar de la intención del país anfitrión y de muchos Estados empeñados en ir dando pasos hacia una menor utilización de combustibles fósiles o una mayor implicación de fondos para la financiación de los planes de adaptación y mitigación, no se han conseguido pasos importantes.

En el inicio de la COP, el vicepresidente brasileño, Geraldo Alckmin, instó a buscar consensos ante la emergencia climática, desde el convencimiento de que el tiempo para las promesas acabó. Cada fracción de grado de calentamiento global adicional representa poner vidas en peligro. Sin embargo, las negociaciones no han obtenido los resultados esperados.

Las temperaturas ya superan los 1.5o grados de aumento sobre valores preindustriales, desatendiendo el Acuerdo de París, en la COP20 de 2015. Para conseguirlo es urgente reducir la emisión de GEI, sin embargo, desde 2015, países como Canadá, Estados Unidos, Australia y Noruega han incrementado su producción de combustibles fósiles un 40%, mientras el resto del mundo ha conseguido reducirlos en un 2%. Así que, los actuales planes de mitigación, se han quedado en conseguir una temperatura media 2.6o por encima de los valores preindustriales, lo que es claramente insuficiente.

A pesar de esto, una luz de esperanza: algunos países, entre los que se encuentran Países Bajos, España, México, Chile, Kenia y Australia han decidido reunirse en Colombia en 2026 para tratar de trazar la soñada hoja de ruta y avanzar hacia unas economías libres de combustibles fósiles.

El reto de la adaptación

En este tema, tampoco se ha avanzado lo esperado. Aquí el escollo es la financiación de recursos necesarios para hacer frente a las consecuencias del cambio climático, acordada en el Acuerdo de París. Frente a lo que se necesita, estimado en unos 1.2 billones de dólares anuales, sólo se ha aprobado triplicar, de aquí a 2035, lo que se invierte actualmente. Es decir, pasar de unos 100 mil a unos 300 mil millones de dólares, cuatro veces menos de lo necesario. Y, en cualquier caso, se trataría de una aportación voluntaria, lo que en la mayoría de los casos se queda en prácticamente inexistente.

Motivo para el optimismo

A pesar de todas estas dificultades, ha habido un resultado en la COP 30 que abre una puerta al optimismo:

Se ha aprobado un mecanismo para tratar de garantizar una transición justa hacia economías bajas en carbono de manera equitativa y justa, una economía verde, asentada en el uso de energías limpias y, por ende, en la eliminación de los combustibles fósiles en sectores como la agricultura, o la minería.

Se ha llamado el Mecanismo de Acción de Belém. Este mecanismo está diseñado para apoyar una transición impulsando la creación de empleo verde y la inversión en renovables y en la mejora de infraestructuras A través de ese mecanismo, se tratarían de preservar los derechos de las personas trabajadoras y sus condiciones laborales; también, de preservar los derechos de los pueblos indígenas; y de promover el respeto de los derechos humanos de todas las personas.

Se trataría de encontrar tecnologías apropiadas, de buscar equidad social, cooperación multilateral y unos compromisos de financiación que tengan en cuenta las necesidades de los países en desarrollo y emergentes.

Además, la experiencia de Belém, puerta de entrada de la Amazonía ha permitido conocer el desafío de construir futuro sin destruir el presente; conocer la vida y demandas de los pueblos indígenas, avanzados en la búsqueda de alternativas para cuidar la casa común.

La persona en el centro

Y, por último, el hecho de que se haya reconocido la necesidad de una transición justa, que promueva la justicia climática, ha vuelto situar a las personas, a todas las personas, pero especialmente a las más vulnerables, y la defensa de los derechos humanos y de los pueblos en el centro del debate.

 

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